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lunes, 12 de julio de 2010

CAPTATIO BENEVOLENTIAE

Vaya... Casi un año sin desempolvar ese palacete... Cuando me he dado cuenta, casi me da un síncope. Decidido a quitar las telarañas, he elegido una canción, me he puesto a la faena y he traido el resultado aquí, por si alguien quisiera leerlo. Ha sido un parto rápido, fruto de la urgencia por retomar este blog.
A ver si alguien se acuerda todavía de este rincón...
Feliz escucha.


CAPTATIO BENEVOLENTIAE


Conocí a un hombre. Se llamaba Manel y siempre trataba de agradar a todo el mundo. Saludaba puntualmente a los peatones que se cruzaba por la calle y se dirigía a los tenderos del barrio con una educación casi aristocrática poco común. Nunca tenía prisa si alguien precisaba su ayuda. Jamás decía que no cuando un amigo le pedía un favor. Acompañaba a las ancianas para que cambiaran de acera y ejercía de lazarillo para los ciegos que se extraviaban en la maraña de callejones de aquella parte de la ciudad. Vestía elegantemente. Caminaba recto como un álamo. Se peinaba con la raya a un lado. No fumaba ni bebía alcohol. Se limpiaba los zapatos cada mañana antes de salir de casa y por su boca nunca se escapó palabra malsonante alguna. Siempre gozaba de un humor envidiable y su sonrisa marcescente sólo se disolvía fugazmente el tiempo necesario para que los músculos faciales que la sostenían descansaran levemente de su ardua tarea; sin embargo, el brillo apagado de sus ojos oscuros dotaba a su rostro – aparentemente sereno – de una sombra densa y preocupante. De Manel podían decirse muchas cosas, pero nadie se habría atrevido a afirmar que era como la gente normal.


De pequeño Manel costumbraba a soñar que era malabarista, que trabajaba en un circo cerca de Roma y que se bañaba desnudo cada noche en el mar; pero lo cierto es que sus progenitores ya tenían desde el mismo día de su nacimiento sus propios planes para él.


Manel sacrificó su infancia y su adolescencia entera metido entre libros de matemáticas, de contabilidad y de leyes. Jamás le vi jugando con los demás niños del portal, ni disfrazándose el día de carnaval, ni colocando botellas de agua abiertas en las puertas de las vecinas, ni bailando en las verbenas las noches de fiesta. Manel se desvivía por satisfacer a sus padres y por labrarse el futuro que ellos mismos le habían trazado a tiralíneas. Intenté en varias ocasiones ser su amigo, pero en su vida no había tiempo ni espacio para una amistad con alguien como yo.


A los dieciocho años lo prometieron con una adolescente repelente, hija de unos amigos de la familia, de apellido noble y sangre entre roja y azul, hermosa como una muñeca de porcelana y fría como un iceberg. Paseaban juntos las tardes de domingo, acudían al cine cogidos de la mano, nunca se besaban en público, y dudo mucho que lo hicieran en la intimidad.


Manel acabó su licenciatura en la universidad y aprobó la oposición de notarías. Su madre caminaba por el barrio con la cabeza bien alta. Su padre hablaba de él en cada ocasión que se le presentaba. Ambos habían depositado en él sus esperanzas, sus anhelos y sus frustraciones, sus ganas de prosperar y de no ser una familia del montón. Manel ya apenas se asemejaba a un ser humano. Su aspecto era el de un autómata, caricatura de sí mismo, que vagaba por la urbe con la mirada perdida y un ligero tic casi imperceptible en el párpado inferior de su ojo derecho. Vestía trajes, pero todos parecían quedarle grandes. Sus pulcros zapatos refulgían, pero su semblante alargado se iba oscureciendo como el betún.


Supe por mi madre que Manel iba a casarse con la princesita aquel 24 de agosto, día de San Bartolomé. Recuerdo el calor que hacía hervir los adoquines de mi balcón y el silencio pegajoso que precedió a las doce campanadas escupidas de la catedral del Santo Cáliz.


-Tendrán unos hijos preciosos –chismorreaban las mujeres en las panaderías.

-Los ricos sólo se casan con los ricos, y a los pobres que nos jodan –maldecían sus maridos en las tabernas.

-Serán la familia a la que todos envidiarán –auguraban las beatas, camino de la ceremonia.


Esa misma tarde me enteré que Manel ni siquiera se presentó en la basílica aquel medio día. El colérico padrino corrió a buscarle a su casa, pero sólo encontró algo de ropa tirada por el suelo y una nota de su puño y letra en la aseguraba que se marchaba de Valencia para no volver.


En el barrio no tardó en armarse un tremendo revuelo. Los correveidiles circulaban de aldaba en aldaba y de alféizar en alféizar como hojas marchitas arrastradas por el mistral: que si la novia está destrozada, que si el muchacho en realidad es de la otra acera, que si la familia piensa desheredarle, que si habrase visto semejante calamidad, que si patatín, que si patatán. Yo pasé la tarde entera tumbado en la cama, abanicándome con una revista manoseada y sonriendo como un tontolaba al pensar que el pobre Manel por primera vez en su larga existencia se había atrevido a tomar una decisión.


Hace apenas unas semanas, durante un viaje de negocios, caminando de noche por las Ramblas de Barcelona, me di de bruces con un artista callejero que hacía malabares de fuego al lado de una mujer extranjera. Tenía el pelo largo y algo grasiento, y la piel acartonada por el sol. Las canas que poblaban su densa barba le hacían parecer sabio y tranquilo, y el fulgor de sus ojos entornados le daban un aire de felicidad difícil de describir. Calculé que era más o menos de mi quinta y me quedé allí plantado para dejarme sorprender por sus gráciles movimientos y su vestidura multicolor. Divisé en su rostro unas facciones conocidas, casi familiares, y achaqué al cansancio el ver parecidos donde sólo había casualidad.


Al finalizar su espectáculo, la mujer extranjera tendió un sombrero a los espectadores que habían conseguido reunir y yo realicé un humilde donativo. Me acerqué para felicitale por su exhibición y aproveché la oportunidad para preguntarle por su nombre. Él me atendió con educación casi aristocrática, estrechó mi mano con vehemencia y en ningún momento dejó de sonreír. Después recogió sus bártulos con parsimonia, los envolvió en un viejo pañuelo y besó con pasión los labios de su compañera. Vi como se alejaban por la avenida, cogidos del brazo, charlando y carcajeando como dos adolescentes. Sólo detuvieron su peculiar peregrinaje para ayudar a una anciana encorvada a tirar una botella de vidrio dentro de un contenedor.


Ya en el hotel, no podía sacarme de la cabeza la conversación mantenida con aquel desconocido. Estirado en la cama, mirando el techo de la habitación, lamenté mi escasa capacidad de insistencia y me reprendí por no haber sabido extraerle más información. Seguramente a aquel buen hombre no le habría importado en absoluto dármela, y yo habría podido salir de dudas con respecto a lo que pretendía indagar. Deseaba que aquel artista callejero fuese en realidad Manel, sí: treinta años más viejo, convertido a la vida bohemia y definitivamente feliz. Pero, si soy sincero, tener la certeza de ese hecho no habría servido sino para plantearme demasiados aspectos de mi propia existencia, de mi propia manera de proceder. Y no creo que a mi edad resulte sano ni conveniente volver la cabeza hacia el pasado con el fin de investigar dónde estuvo el error.


- Notari –había respondido el malabarista -.Em diuen El Notari. És una espècie de nom artístic. Tothom aquí em diu així.

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Manel. Captatio benevolentiae.

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lunes, 24 de agosto de 2009

LA CASA AZUL

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Otra vez en la Casa Azul, viendo atardecer. En el tocadiscos suena aquella canción que siempre nos gustó tanto. Bailamos con el hula-hoop y no paramos de reír. Tenemos música, chicles y luces technicolor. El tiempo parece haberse detenido entre aquella inocente preadolescencia y este nuevo encuentro en plena madurez. Han pasado más de quince años y todo parece igual aunque ya nada es como fue.
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David nos ha traído su nueva novela y un libro de relatos breves y cada uno de nosotros le abraza como un fan; ha perdido algo de pelo y el vacío que tiene en la coronilla me hace pensar en un monje del medievo. Virginia parece haber engordado y nos confiesa con alegría desmesurada que espera un bebé para principios de invierno; sus ojos brillan con la misma fuerza de siempre y las arrugas de su rostro revelan que en estos tres lustros no ha dejado de sonreír. Clara se ha cambiado el color del pelo y la talla del sujetador y anuncia que en septiembre estrenará su primera película como protagonista; su conversación es igual de inteligente que cuando sólo era la mocosa presumida, alocada y original que me traía de calle con sus contoneos y su precoz sensualidad. Óscar ya no es chico tímido y discreto que apenas hablaba y que se escondía detrás de su mirada perdida y sus camisetas de los Beach Boys; está muy musculado y lleva barba de dos días, huele a colonia cara y viste con ese tipo de ropa que yo no me atrevería a pagar; no nos sorprende que nos comunique que es gay y que piensa casarse en noviembre, que nos invita a la ceremonia y al banquete nupcial y que podremos conocer a su prometido esa misma noche en el concierto que, por una insólita casualidad, nos ha vuelto a reunir.
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Brindamos por el ansiado reencuentro con tang de naranja, como en los viejos tiempos, y tomamos un colajet de limón que nos sabe a una extraña mezcla de pasado, nostalgia y complicidad.
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Anochece y montamos en mi coche, camino del festival. Cantamos algunos éxitos de nuestra infancia y hablamos de nuestras aventuras amorosas, de las series de dibujos animados que emitían por televisión cuando éramos pequeños y de los sueños que se nos perdieron entre el instituto y la universidad. Descubrimos que no sabemos nada del resto de nuestros compañeros de clase y nos lamentamos de las vueltas que da la vida y de los rostros que se desvanecen sin remedio a nuestras espaldas. Aparcamos y quedamos en silencio. Lanzamos tres hurras por cada una de esas caras que ya sólo habitan en nuestra memoria y nos damos un fuerte abrazo grupal, prometiéndonos que nuestra amistad durará para siempre y que no dejaremos pasar tantos años hasta volvernos a congregar.
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Entramos en el recinto y nos mezclamos con la multitud. En el aire flota una sensación general de nerviosismo, entusiasmo y ganas de pasarlo bien. Mientras de fondo suena música electrónica, recordamos aquellas lejanas tardes en la Casa Azul, cuando la vida era más fácil y el futuro parecía un paisaje borroso que nunca habría de llegar del todo. Aquella pequeña construcción de madera pintada de tonos cyan representaba para nosotros algo más que un refugio, mucho más que cuatro paredes entre las que poder ser nosotros mismos; la Casa Azul fue una excusa para crecer los cinco juntos, un paraíso donde dar rienda suelta a nuestra libertad, un espacio donde la recíproca comprensión nos hacía ser más fuertes y donde nada ni nadie nos podría dañar jamás. Poco después de aquellas largas jornadas de estío nos separamos y nuestro contacto se limitó a unas cuantas cartas dispersas y a algunas llamadas telefónicas para felicitar el cumpleaños o la navidad.
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Nos abrazamos por enésima vez en el mismo día y nos acercamos a la barra para buscar algo de bebida con la que volver a brindar por aquellas tardes de verano de nuestra juventud. David nos asegura que va a dejar de una vez por todas la doxilamina, el myolastan y todas esas pastillas que le receta su psiquiatra para poder soportar las los ataques de ansiedad que le sobrevienen cuando no encuentra nada nuevo que escribir. Virginia reconoce que el embarazo le ha cambiado la vida y que de ahora en adelante va a ser una nueva mujer. Óscar mira en todas las direcciones hasta que a su lado aparece un maromo que le planta un beso en los labios y que nos saluda afectivamente tras la debida presentación.
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El concierto está a punto de empezar. Avanzamos hacia el centro de la marabunta y esperamos las primeras notas con interés. Apenas conocemos las canciones de este cantautor pop pero el nombre artístico que ha elegido para dar a conocer su música no podía ser más profético ni más representativo para nosotros. Asistir a su espectáculo fue el pretexto definitivo para volvernos a juntar. Nos miramos de reojo y apuramos el contenido de nuestros vasos. Los focos se encienden y cinco falsos músicos comienzan a proyectarse en las pantallas que hay dispuestas detrás del tal Guillermo Milkyway. Esta noche, aunque él no lo sepa, sólo cantará para nosotros. La gente empieza a gritar y a lanzar globos de colores por el aire. Juraría que los rostros de los cinco androides de La Casa Azul se parecen tanto a los nuestros que incluso da miedo. Clara también parece haberse percatado de la extraña coincidencia y me golpea con su codo para hacérmelo saber.
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Saltamos al ritmo de la música vitalista y desenfadada del artista y echo un vistazo a mi alrededor. David parece por primera vez en todo el día relajado y no quita ojo del escenario. Virginia se acaricia la barriga mientras sigue el compás con sus pies. Óscar y su novio se dan el lote cuando el cantante invita desde su micrófono a iniciar la revolución sexual. Clara me toma de la mano y me susurra al oído que se alegra enormemente de volver a verme y que sigue soñando conmigo cuando se siente sola. Le doy un beso en el cuello y ella se abraza fuertemente a mí. Le prometo que nunca más pienso perderla de vista y ella me roza la espalda por debajo de la camisa. Las notas siguen sonando pero yo ya sólo puedo pensar en los labios de Clara y en aquellos besos furtivos e inocentes que me daba poco antes de desaparecer de mi vida y mudarse de ciudad.
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La canción acaba y el público aplaude a rabiar. Las miradas de los cinco se funden por un instante. Intuyo que durante esta década y media ninguno de nosotros ha aprendido nada de la existencia; que nos sentimos tan solos y tan perdidos como cuando éramos únicamente aquellos chiquillos que quedaban cada tarde en La Casa Azul para hablar de rock, de tebeos y de lo aburrido que era estudiar; que nos defendemos como podemos del mundo de ahí afuera para no perder lo auténtico y lo verdadero que queda dentro de nosotros y que seguimos mirando por la ventana en las tardes de lluvia preguntándonos por qué no fuimos capaces de mantener viva aquella vieja amistad. Sin embargo, del mismo modo sospecho que lo que aquí y ahora estamos compartiendo servirá para recordarnos, aunque sólo sea de vez en cuando, que la felicidad no es una falacia y que la vida puede ser, todavía, superguay.
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La Casa Azul. Intro concierto + La revolución sexual. En directo, ContemPOPránea 2008, Alburquerque.

martes, 28 de julio de 2009

AL RESPIRAR (Pequeño bodegón de fuego y desamor)

Estamos de rebajas en "Canciones desde palacio": dos temas de Vetusta Morla por el precio de uno. El calor derrite mis neuronas y no consigo escribir un buen relato para esta gran cación. El próximo post será también para este grupo y llegará en apenas unos días. Prometo que será mejor.
Feliz verano a todos.
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AL RESPIRAR
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Te he dejado en el sillón las pinturas y una historia en blanco. Coloréala a tu gusto y hazme a mí el culpable de todas tus infelicidades, si eso sirve para que te sientas mejor. Estampa en rojo las heridas que causé en tu maltrecho músculo cardíaco. Añade en tonos azules las nubes que representan los sueños que se te rompieron debajo del vello de mi pecho. Usa el verde para recordar que la esperanza comienza ahora que ya me he ido. Tiñe de violeta los moratones que brotaban en tu autoestima cada vez que yo la golpeaba con mis reproches y mis silencios premeditados. Impregna el resultado de marrón como metáfora absurda de toda la mierda que tuviste que tragar estando conmigo. Cúbrelo todo de negro para olvidar mi rostro y todo lo bueno que hice por ti.
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Te he dejado en el sillón las pinturas y una historia en blanco. No hay principio ni final, sólo lo que quieras ir contando. Dibuja nuestro mural a tu antojo y borra los detalles que te convengan para odiarme todavía un poco más. Tacha los paisajes en los que tus gritos histéricos iluminaban de amarillo las sábanas de nuestra cama. Suprime los pasajes en los que tus uñas se clavaban como garras en mi espalda blanquecina. Descarta los platos que me lanzabas en la cocina, los puntapiés que me dabas por debajo de la mesa, los insultos inmerecidos y los injustificados ataques de celos que me convertían en el villano de la función. Inventa unas cuantas anécdotas y adórnalo todo con las mentiras que elijas para creer que alguna vez fuiste mejor que yo.
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Te he dejado en el sillón las pinturas y una historia en blanco. Yo me marcho a otro lugar; puede que el viaje sea largo. Quédate con mi fantasma y con mi colección de cine clásico en deuvedé, con los discos de los Beatles y con los peces de colores que nadan detrás del cristal. Yo me llevo en la maleta un pedazo de tu alma y cuarto y mitad de tus vísceras lastimadas, el gato que encontramos en la calle y aquel cuadro que pintaste para mí. Te dejo también todos nuestros álbumes de fotografías y los poemas que me inspiraste durante el largo periodo de compartimos en esta casa; puedes quemarlos si quieres en la hoguera que acabo de encender en el salón.
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Quizás mientras acabas de leer esta carta el humo que surge de la fogata empañe tus ojos y te impida distinguir mis letras con nitidez. No te preocupes. Cierra con fuerza la boca y aprieta con tus dedos el papel. Busca a tientas los pinceles y da rienda suelta a tu rabia hasta que no puedas soportar el olor a chamuscado que hay alrededor de ti. No te ahogues en la profundidad de tu tristeza ni en las cenizas que flotan en la habitación. Trágate tus últimas lágrimas. Engulle tu orgullo y deshaz el nudo que hay entre tus manos. Aleja los lienzos y tus acrílicos de las llamas para que no las propaguen aún más. Intenta no respirar.
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Vetusta Morla, Al respirar. De su disco Un día en el mundo. Videocreación de Ykharo.
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miércoles, 8 de abril de 2009

UNIVERSOS INFINITOS

Santi tiene la sensación de ser la mitad de todos los que ha sido, el doble de todos los que será. Carga en su espalda el peso de los cadáveres de sus personalidades desechadas, de sus rostros desaparecidos, de sus máscaras abandonadas, de sus vidas inconclusas. Amontona en su mochila las épocas pasadas que ya no regresarán, los sueños que creyó tener y las pesadillas que tanto le atormentaron, las oportunidades que dejó pasar y las esperanzas que nunca llegaron a materializarse. Todo ese peso en sus lumbares le recuerda cada mañana, mientras prepara su desayuno con rutinaria devoción, que su vida actual es sólo otra realidad igual de incierta.
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Imagina su existencia como una eterna sucesión de puertas entreabiertas que nunca se atrevió a cruzar. A veces se pierde en ese entramado de zócalos inalcanzables. Cada descisión que ha tomado, cada paso que se atrevió a dar, conduce a un mundo desconocido en el que cualquier otra vida había sido posible. Por suerte, Santi sabe que no puede asomarse a esas puertas a mirar. Ahora mismo podría ser una estrella de cine, o un afamado escritor, o un proxeneta despiadado, o un transexual drogadicto, o un maestro de escuela, o un agricultor. Ahora mismo - piensa Santi con rictus de nostalgia -, podría estar incluso muerto o algo mejor. Pero a Santi no le gusta dar demasiadas vueltas a esos asuntos; esas cavilaciones no conducen a nada y sólo le producen tristeza y desconcierto. Su vida de ahora es su vida de ahora y él sabe que ya no hay marcha atrás; es incierta pero es la que tiene y no piensa desaprovecharla ni un día más.
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- Ahora dicen que hay muchos más universos, infinitos, como el nuestro - escucha Santi en un programa bastante extravagante de Radio 3.
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- No me digas - responde él al aparato como si el receptor pudierla oírle -; me acabas de descubrir América...
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En el suelo de su habitación hay unas canicas tiradas. Sin saber muy bien porqué, Santi se pone a hacerlas rodar.
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Love of Lesbian. Universos infinitos.
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Pocoyó. Las mil puertas.
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martes, 17 de febrero de 2009

SUSURRO (PARA NANÁ)

Tenía este post pendiente con una canción de Corcobado. El otro, según vuestros votos (¡por favor, votad más!) será para Love of Lesbian, pero antes de ese me gustaría colgar uno sobre una canción de Alex Ubago. Es una sorpresa... Nos reiremos un rato... Este cuento, como estaba prometido desde hacía meses, es para Naná.

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Ana piensa «Hace mucho tiempo que no veo el amor en los demás». Ana dice «Tanto, que incluso comienzo a dudar de su existencia».
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Ana camina por la calle y no ve rostros, sólo encuentra máscaras. Y todas esas bocas dibujadas en las caretas le llaman rara. Ana piensa «Se refugian bajo los auriculares de sus iPods, se esconden detrás de un periodicucho gratuito, me lanzan sus miradas de reprobación y creen que son el colmo de la civilización occidental, el prototipo perfecto de ciudadano estándar, el no va más de la burocracia peatonal». Ana dice «Se visten como nosotros pero no son humanos, tratan de parecer personas pero ni siquiera se les da bien disimular». Ana se pregunta «¿Cuántos en el mundo quedarán aún como yo?». Ana de momento calla porque todavía no ha encontrado la respuesta.
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Ana mira por la ventana y desde ahí arriba la ciudad entera parece un nido de cucarachas. Contempla el frenético deambular de todos esos insectos. Estudia la manera que tienen de lucir sus minifaldas, de hacer resonar sus tacones, de rascarse los huevos mientras se toman el café, de flirtear con sus secretarias en la barra del bar, de rellenar sudokus sentados en la parada del metro, de gritar a sus empleados y de creerse mejor que los demás. Ana piensa «No sé a qué están jugando». Ana dice «Todos perdieron la partida antes de empezar». Ana se pregunta «¿Quién escribió las normas de este deporte absurdo?». Ana grita «¡Dejadme en paz!».
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Ana cierra la ventana y enciende el televisor. En la Uno un naturópata nonagenario explica a un grupo de jubiladas la manera correcta de hacer una reflexopaja: cómo conseguir que sus maridos tengan un orgasmo inolvidable sólo presionando la parte adecuada de sus pies. En la Dos el simpático presentador de un programa de preguntas y respuestas se ha colado por error en un documental de naturaleza y varias hienas hambrientas lo están devorando vivo sin que de su rostro desaparezca su sonrisa Vital-Dent. En Antena 3 cinco marujas discuten sobre el verdadero tamaño de las tetas de una condesa venida a menos y de vez en cuando acarician el torso de su nuevo y joven colaborador. En Cuatro hay un grupo de yonquis inyectándose heroína en los bancos de un parque infantil. En Tele Cinco proyectan una imagen congelada de un excremento fresco de elefante. En la Sexta una rubia-cañón y hombrecito-bala se burlan de la programación de los demás canales, especialmente de la plasta de Loxodonta africana de la emisora que les precede. En Canal Nou emiten un discurso de doce horas de duración de Francesc Camps con estrellas invitadas: Rosita Amores, Arévalo y Rita Barberá. En las demás emisoras sólo hay mujeres enseñando los pechos, hombres manoseando sus pollas y varios de esos programas en los que los espectadores telefonean para dejarse estafar. Ana piensa «Es de locos». Ana dice «¿Qué nos pasa?». Ana se pregunta «¿Estaré perdiendo la cabeza?». Ana grita «¿Qué entienden ellos por normal?». Ana reza «Cortázar de mi vida, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes sola o se me comerían».
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Ana se dispone a comulgar. Se acerca a la estantería y elige un libro al azar. Va arrancando sus páginas y las engulle una a una con cierto esfuerzo y bastante pasión. Vomita las palabras más indigestas y defeca la celulosa residual. Tira de la cisterna y regresa al salón. Metaboliza la tinta y de inmediato forma parte de su organismo. Se desliza por sus venas y fluye hasta inundarlo todo. Cuando por fin llega a sus ojos, la utiliza para seguir escribiendo el libreto de esa dramatización absurda cuyo desenlace desconoce totalmente. Ana piensa «He perdido el manual de instrucciones de la realidad». Ana dice «Menos mal que me queda la ficción». Ana se pregunta «¿Soy un personaje de mi propia novela?». Ana grita «¡Mierda, mierda, mierda!». Ana reza «Hágase tu voluntad». Ana comienza a susurrar una canción:
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lunes, 3 de noviembre de 2008

LA DISTANCIA ADECUADA

No estoy con ánimos para escribir algo alegre, ni para escuchar una canción de Albert Plá, que tendrá que esperar a la siguiente entrada. En su lugar, os dejo una pequeña joya en forma de videoclip. Espero que su música suene al ritmo de la caída de las hojas secas del parque. Estaré unas semanas ausente. Nos vemos pronto. No escribáis demasiado en mi ausencia, o me tendré que quedar una noche completa en vela para leer todos vuestos posts. Abrazos.
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LA DISTANCIA ADECUADA
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Cuando era un bebé el universo se limitaba a los cálidos brazos de su madre: todo lo demás era un abismo. Ya de niño, la calle y el patio del colegio eran las fronteras infranqueables de su libertad. Fue creciendo y en su adolescencia las líneas divisorias dejaron de tener sentido y la embriaguez del alcohol y de otras drogas modificaban su dimensión. Más tarde sintió que su ciudad se le quedaba pequeña y marchó a la capital para cursar una licenciatura en la universidad. Se fue de beca de estudios a un país lejano en el que hablaban otro idioma para comprobar así que el mundo era inmenso y que él lo podía transitar a sus anchas. Trabajó como investigador en otro continente algunos años hasta que los miles de kilómetros que le separaban de su familia y de sus recuerdos le obligaron a volver. Pasó su madurez en la urbe en la que había nacido, se casó y tuvo un hijo al que bautizó con su mismo nombre. Al jubilarse sólo recorría una y otra vez el trayecto que le llevaba de su casa al parque, del parque al bar, del bar a casa de su hijo y de allí, de nuevo a su hogar. Poco antes de morir comprobó que todo lo que necesitaba se encontraba dentro de los cien metros de radio que rodeaban su cama. Cuando al fin descansó en paz dentro de su minúsculo ataúd, pensó que había pasado toda su vida tratando de encontrar la distancia adecuada en la que desenvolverse con la mayor comodidad posible, que esa distancia había ido variando considerablemente según sus necesidades y que ahora ya no debería preocuparse de esos asuntos tan triviales. Aunque estaba encerrado en un nicho de tamaño diminuto, tenía por delante toda la eternidad para ocuparla según su voluntad. El espacio, como algunos ya sospechaban, era sólo cuestión de tiempo.
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La distancia adecuada. Christina Rosenvinge. De su nuevo álbum Tu labio superior.
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A Miguel Blázquez, compañero y amigo. (1983-2008)
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miércoles, 17 de septiembre de 2008

TARASIA* Y EL VALS DE LAS BALLENAS


Tarasia* siente el leve ritmo de los semáforos y los tubos de escape, de las farolas y los toldos de las librerías; las armonías de los cláxones y el tempo del caminar de todas esas personas extrañas con las que se cruza cada día. Tarasia* oye a las almas de los árboles del paseo, el quejido de los columpios del parque, y el llanto de los átomos de oxígeno del aire que respiramos. Para Tarasia* el mundo no es el mundo: para Tarasia* el mundo es una eterna canción de sutil instrumentación y compleja ejecución.

Tarasia* oye tantas cosas, que a veces no lo puede soportar. En ocasiones el ruido es tan intenso, que Tarasia* tiene que taparse fuertemente las orejas para poder dormir. En su mundo – como en todos los mundos - no siempre la música es dulce, ni las melodías son pegadizas, y eso la entristece enormemente. En la vida hay acordes retorcidos y arpegios imposibles de realizar, ella lo sabe, por eso a veces llora.


Anoche, huyendo de todo ese ruido, Tarasia* se detuvo de nuevo sobre la Luna. La Luna es uno de los paisajes que más le gusta visitar: acostumbra a sentarse sobre las rocas y dejar que las horas pasen contemplando ese vasto desierto sin fin. Allí, ingrávida, Tarasia* se olvida de todos sus problemas, de todos los sonidos, de toda esa lucidez. En la Luna sólo hay silencio, un silencio distinto al que tenemos aquí, un silencio que puede oírse con facilidad. Por eso Tarasia* allí se encuentra tan bien, porque únicamente escucha el silencio, y el silencio en estado puro es verdaderamente más hermoso que la música, más real.


Tarasia* caminó durante un rato hasta colocarse en medio de la faz que la Luna nos enseña con cierta timidez antigua. Se sentó en un pequeño cráter y observó atentamente el océano Pacífico. Allí abajo, como por arte de magia, apareció una enorme escuela de ballenas entre las olas. Antes de que a Tarasia* le diera tiempo de esbozar una ligera pero firme sonrisa de alegría y de profundo bienestar, las ballenas comenzaron a bailar su frío vals bajo la luz que la Luna arrojaba sobre el mar.



(Mercromina. Vals de Ballenas.)

Este es (creo) el último post que rescato del blog de Libro de Arena. Perdonad que me repita, pero me hacía mucha ilusión ponerlo aquí. A partir de hoy, sólo relatos nuevos: ¡palabrita del niño Jesús!

Os informo que a partir de YA podéis votar cuál es el grupo al que queréis que le dedique el próximo post: a la derecha de la página está la encuesta. Espero vuestra colaboración. Vosotros/as mandáis, salaos/as.