viernes 3 de febrero de 2012

CALGARY' 88


Desde que llegó el frío, mi padre se pasa los días sentado en el sofá, con el radiador muy cerca de las piernas, tapado con la manta hasta la barbilla, comiendo frutos secos y mirando la televisión. Teledeporte, para más señas. Patinaje artístico, a poder ser.

–Es increíble lo que hacen esas parejas –dice, pero yo no le respondo. No le respondo porque no sé a qué viene esta afición tardía por los deportes de invierno, porque no le veo la gracia a ese insípido baile con aires de grandeza envuelto en música de crucero, porque la voz de la locutora me resulta tan familiar que incluso me recuerda a la de mi madre, porque detesto el atuendo de esos supuestos atletas y porque las expresiones triple axel, doble flip o loop me suenan a japonés–. Mi esposa y yo fuimos grandes estrellas del patinaje. Ganamos el oro en Calgary 88. Ha pasado tanto tiempo de aquello… ¿Dónde guardaría las medallas esa mujer?

Lo miro de reojo mientras le pelo la fruta del almuerzo. Mi padre aprieta los puños y sonríe cuando les sale bien una doble pirueta, da un pequeño salto cuando el hombre lanza a su compañera por el aire, masculla maldiciones cuando uno de ellos pierde el equilibrio y da de bruces contra el hielo, protesta por las puntuaciones que les da el jurado y vuelve a quedarse serio y callado cuando los siguientes participantes saltan a la pista para realizar su ejercicio.

–Fuimos la primera pareja española en representar a España en unas olimpiadas, y la única hasta ahora en conseguir el primer lugar. Ningún español antes de nosotros había subido al podio. Todavía conservo algunas fotografías y una carpeta con más de cien recortes de periódico. ¿Los quieres ver?

Le digo que no, que estoy ocupado, que mejor otro día, que qué cosas tienes, que a veces te pones muy gracioso, que ojalá me gustara el patinaje artístico para comprenderte mejor, que antes preferías el fútbol y el boxeo, que yo también echo de menos a mamá, que enseguida tendré que ir a recoger los niños al cole, que si estaba buena la pera, que ya me quito del medio, que sí, que ya te dejo ver, que sólo voy a preparar la mesa para la comida. Él apenas me presta atención. Mueve el cuerpo hacia los lados para esquivar mi figura y murmulla insultos a sabiendas de que los voy a oír. Ya estoy acostumbrado. He aprendido a no enfadarme con él. De camino a la cocina, vuelvo a escuchar su voz, que me busca a través del pasillo.

–Éramos novios, pero nadie lo sabía. Lo escondíamos para evitar chismes y correveidiles. Antes de salir a patinar, le prometí que nos casaríamos allí mismo si obteníamos la máxima puntuación. Los rusos habían sacado un nueve y medio. Los favoritos eran suecos y tenían un nueve con setenta y cinco. ¿Sabes qué nota obtuvimos nosotros?

Le grito que se deje de tonterías, que va a lograr que pierda la cabeza, que mire la tele y que me deje en paz. Pero tengo el grifo abierto, y el sonido del agua debe de amortiguar el volumen de mis reproches, porque él continúa con su cantinela.

–Un diez. Nos pusieron un diez. Todos. Un diez. Ella no podía creerlo. Yo estaba a punto de desmayarme. Mientras sonaba el himno nacional, un juez de pista nos declaró marido y mujer. Aquellas imágenes recorrieron el planeta entero, fueron emitidas en todos los telediarios. Seguro que, si las buscas, todavía puedes encontrarlas. Llegamos a grabar un anuncio para televisión, uno de una colonia muy cara. Éramos famosos. Hicimos exhibiciones de nuestro arte en países que ni siquiera sabía que existían. Viajamos a Bélgica, a Luxemburgo, a Canadá. Cambiamos de entrenador y nos estábamos preparando para el mundial. Pero entonces nació él y lo estropeó todo. Años enteros de dedicación y esfuerzo, a la mierda. Yo había intentado convencerla de que lo perdiera. No era el momento, no lo necesitábamos, no entraba en los planes, nos iba a joder. Y lo jodió todo. Lo jodió todo bien.

Un plato me resbala de las manos y se hace añicos contra el suelo. Pienso en meter la cabeza debajo del chorro de agua caliente hasta acallar la voz de mi padre, hasta mudar de piel, hasta desparecer. Pienso en ir al salón y zarandearle hasta lograr que vuelva en sí. Pienso en chillarle que ningún español ha ganado jamás una medalla olímpica en patinaje artístico, que un juez de pista no ofrece ceremonias civiles, que ese hijo que no debió nacer nunca soy yo, que estoy harto de oírle divagar. En lugar de hacer todo eso opto por lanzar un vaso contra la pared y comenzar a llorar en silencio. Ya en el baño, escucho la grandilocuente banda sonora de una antigua superproducción hollywoodiense. Aplausos. Vítores. El himno nacional  ruso. Las risas de papá.

–Voy a recoger a los críos al colegio. Si te sucede algo, llámame al móvil. Tienes el número apuntado ahí mismo. No tardaré.

Papá me mira pero no dice nada. No dice nada porque no sabe a qué críos me refiero, porque apenas recuerda qué es un colegio, porque mi rostro le resulta familiar pero no podría asegurar con certeza a quién corresponde, porque detesta quedarse solo y porque la palabra móvil le suena a japonés.

Por la calle, me fijo en otras personas de su edad. Algunos parecen tristes. Unos cuantos, además, dan la sensación de estar desorientados, desubicados, perdidos. Caminan encorvados, como si la tierra les llamara. Me sonríen cuando les saludo. Se distraen con cualquier cosa: una paloma, un gato, una bolsa de plástico vacía que danza al compás del viento. Se detienen de vez en cuando para reponer fuerzas y miran al cielo mientras tanto. El brillo que hay sus ojos es profundo y verdadero, como el de mis hijos. ¿Cuántos mundos caben detrás del lacrimal?

Antes de llegar a la escuela, me desvío un poco de mi trayecto y entro en la tienda de deportes. A la chica que me atiende le cuento que mis padres fueron dos patinadores muy importantes en los años ochenta, y que me gustaría que los niños siguieran sus pasos, ya sabes, continuar con la tradición familiar. Ella me mira con los ojos entrecerrados, como tratando de calcular mi edad. Sonríe y sale del mostrador. Me llevo los únicos que hay en el almacén. Son suaves y elegantes, y tienen el filo liso y reluciente como el de una navaja.

–A sus hijos les encantarán. ¿Cómo se llaman? –pregunta, pero yo no le respondo. No le respondo porque no sé si a mis hijos les hará ilusión tener unos patines en una ciudad sin pistas de patinaje, porque ni siquiera he comprobado si las tallas se corresponden con las de sus pies, porque tengo miedo de llegar otra vez tarde al colegio, porque me muero de pánico cuando descubro ese vacío en los ojos de papá, porque estoy demasiado ocupado huyendo de esa tienda y de todo lo que contiene, porque hay dolores que no se pueden explicar.





Antònia Font. Lamparetes (2011)



jueves 15 de diciembre de 2011

EXTINTOR DE INFIERNOS

Érase una vez un escritor a medias que se dedicaba a tiempo parcial a esbozar ciertas letras mal hilvanadas en un blog en internet. Canciones desde palacio, se llamaba su morada virtual. 

En aquel lugar mágico, el escritor a medias mezclaba pop y literatura, unía maravillosas canciones con textos en ocasiones inspirados, a veces simplemente forzados, la mayor parte de ellos prescindibles e insustanciales. Escribía y leía, escuchaba y comentaba, tecleaba y era feliz. 

Pero, como en un cuento de hadas, el morador de aquel palacio fue castigado con una terrible maldición: la pereza y la apatía, las obligaciones laborales y nuevas aficiones artísticas llamaron a su puerta, y él abrió sin saber muy bien lo que iba a suceder. Una gran luz. Un sonido atronador. Una risa de ultratumba. El final. El palacio quedó deshabitado, y nuestro protagonista se desvaneció en los píxeles de la pantalla de su ordenador, perdido entre una infinita sucesión de unos y ceros, devorado por un ciberespacio tan eterno como fugaz. Se lo había tragado el olvido. Lo habían devorado los ratones. Todas las brujas malvadas lo habían raptado para ponerlo a engordar. Ningún hada acudió en su auxilio. Ninguna princesa lo llamó para ser rescatada de las fauces de un dragón. De él sólo quedó el croar de una rana y un charco de tinta como única huella que atestiguaba su paso por la blogosfera terrestre: esa capa de la existencia humana que ningún científico ha acertado todavía a señalar en los mapas. 

El palacio pronto se llenó de polvo y telarañas, de silencio, de comentarios jamás contestados y de spam en forma de anuncio de viagra en un post titulado Al respirar

Pero en un universo paralelo, en una realidad circundante y compleja, una mágica poción salvadora se estaba gestando. El escritor a medias todavía no tenía conocimiento de ello, pero un buen puñado de personajes y lugares – tal vez ficticios, tal vez reales - estaban a punto de nacer para redimirle de todos sus pecados pasados, para llevarle de nuevo al complejo entramado de letras compartidas, para cogerle de la barba y arrastrarle otra vez al lugar de donde jamás debió salir. 

Y fue así como el escritor a medias conoció a un trompetista negro que en realidad era un dios, a Ebuya Cilegna, a los que no beben cocacola, al soñador. Así fue como el escritor a medias comió almendras, azúcar y hiel. Así fue como estudió la morfología del mandarino, como escuchó la campana que anunciaba el último asalto, como vio una nube bajo el mar. Fue así - y no de cualquier otra manera – como tuvo sexo, y manías, como visitó la cárcel, como paseó por la iglesia de Gabor, como sintió un soplo en el corazón. El antídoto a su infortunio era un libro, una estimulante colección de relatos de poco más de noventa páginas con una portada sencilla y moderna que invitaba a la reflexión. Se titulaba Gente abollada, y había sido escrito por un tal José Antonio Lozano Tejedor

Detrás de aquella masa de celulosa, agazapada tras innumerables y fantásticas situaciones, el escritor a medias dio con la respuesta a todas sus preguntas, con la cura de su terrible mal. Una dedicatoria, un nombre y dos familiares apellidos fueron suficientes para despertarle de su letargo y trasladarlo de nuevo a este lado del espejo, a esta parte del cristal. 

La apatía y la pereza se disiparon. Las obligaciones laborales fueron calmándose hasta convertirse en bendita rutina. Las nuevas aficiones artísticas se asentaron en un lugar paralelo y dejaron de molestar. El infierno se había apagado. El fuego se había extinguido. Aquel maravilloso libro y su pequeña dedicatoria fue el extintor milagroso, el conjuro anhelado, la excusa para regresar. 

El palacio volvió a abrir sus puertas, que chirriaban porque nadie las había engrasado. Las lámparas se encendieron y el teclado volvió a repiquetear. Una palabra brotó de la nada y fue tirando de sus compañeras. Antes de que el escritor a medias se diera cuenta, empezó a sonar una nueva canción, otra más.

 

A Jaloza, por el libro, por la dedicatoria, por hacerme volver aquí. No sabía cómo agradecértelo, y al final esto ha sido lo único que se me ha ocurrido hacer. Abrazo.